Hay un viejo dicho que dice algo así como que podremos llegar a conocer bien a otros, pero nunca a nosotros mismos (tengo mala memoria para los chistes y los dichos). Pasamos la mayor parte de nuestra vida en una incansable búsqueda, que parece darse por terminada muchas veces, sólo para descubrir luego que aún no habíamos dado con el tesoro.
Estoy hablando de la búsqueda de nosotros mismos. Aquella búsqueda que inquieta a las mentes más curiosas y sobretodo a aquellos individuos complejos y fascinantes, que no llegaron al mundo para ser sólo “alguien más”. Es esa búsqueda la que genera tantas crisis a través de nuestra corta existencia: la crisis del “no” en la primera infancia; la crisis rebelde de la adolescencia; la crisis de la adultez joven y la decisión de quién ser, con quién y qué vida llevar; la crisis de la mediana edad y el envejecimiento digno; y finalmente la crisis de qué huellas dejé cuando estoy a punto de irme.
No importa qué edad tengamos, no importa qué nivel de satisfacción personal logremos, siempre estamos en una constante búsqueda de nosotros mismos. Y es que el Yo es una entidad cambiante, a diferencia del espíritu, que es atemporal. Querer encontrarlo es como querer encontrar al viento, aprisionar algo que está en constante movimiento. Somos seres dinámicos, y cada pequeña experiencia que tengamos nos enriquece, nos enseña algo nuevo; literalmente, vivir nos vuelve más sabios. Y como el aprendizaje no sólo se remite a cambios virtuales en nuestro pensamiento sino que éstos son resultado de cambios fisiológicos en la estructura y química de nuestro cerebro, es absolutamente imposible volver a ser exactamente los mismos luego de haber aprendido algo nuevo. Y como aprendemos algo nuevo con cada cosa que hacemos, somos personas nuevas a cada instante y, nuevamente, es imposible encapsular el viento.
Es importante entender esto, pues muchas veces por estar ocupados buscándonos no nos damos cuenta de que estamos ahí mismo, bajo nuestras narices, y que el verdadero tesoro de aquella búsqueda es saber reconocernos a cada instante y estar conscientes de que cada palabra, cada acto, nos lleva a planos ulteriores que sabremos reconocer en el momento en que los alcancemos. Y es que el tiempo pasa y el presente, que es lo único que realmente tenemos, se nos va de las manos, y finalmente en aquella última gran crisis en que miramos atrás y buscamos qué hemos dejado, puede que encontremos sólo huecos y huecos en la tierra, que son lo único que queda de nuestro vano intento de encontrar el santo grial de nuestra identidad.


