Mírame y canta

Hay canciones y hay canciones. Canciones populares y canciones doctas. Románticas y de despecho. Lentas y rápidas. Alegres y tristes. Melodiosas y estridentes.

Pero hay también canciones abstractas, silentes, que se ven sin verse y se oyen sin oírse. Canciones que ya no son meras sensaciones físicas, percepciones mentales, interpretaciones auditivas. Que no son sólo estímulos de nuestro ambiente que convertimos en impulsos eléctricos e interpretamos en nuestro cerebro, desencadenando reacciones emocionales. Canciones que escapan a nuestros sentidos tangibles.

Hay canciones que entran en nuestra alma y hacen levitar nuestro espíritu, como pequeños globos de aire caliente, y que con cada nota, cada soplido, nos dilatan hasta llenar cada pequeño espacio que queda entre todo lo demás. Un coctel de engrandecimiento espiritual y éxtasis físico; una profunda sensación de estar alcanzando la cima de algo: de una alta formación terrestre, de un blanco cúmulo de nubes, del cielo.

Son canciones que se cantan con la mirada. Que me embriagan entera cuando me miras y sonríes. Que seducen mis sentidos cuando mirándome pareces cantar, en un mudo lenguaje universal, toda aquella sabiduría milenaria de altos paralelismos espirituales, sólo para mí.

Sólo mírame y me darás el cielo.

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