Reflexión gatuna

Ayer fui a ver Cats, el musical de Broadway, y como siempre cuando se trata de musicales, quedé encantada.

Pero no vengo a hacer un review, sino una pequeña reflexión que hice en tanto miraba a esta gente maquillada y disfrazada bailar y cantar. Y es que me pareció tan curiosa la necesidad del ser humano de ser creativo y demostrar sus talentos… Pero eso no es lo más curioso. Lo increíble es la necesidad de los otros seres humanos de presenciar estos talentos y esta creatividad. Toda esta gente se reúne para ver cantar y bailar a otra gente. Y de repente, si veo todo con otros ojos y me hago ajena a la raza humana, me parece hasta conmovedor este acto de que unos individuos entretengan a otros haciendo gala de sus talentos, realizando sus sueños los primeros y llenándose de sueños los segundos.

Realmente que nuestra especie es fascinante.

La búsqueda de uno mismo

Hay un viejo dicho que dice algo así como que podremos llegar a conocer bien a otros, pero nunca a nosotros mismos (tengo mala memoria para los chistes y los dichos). Pasamos la mayor parte de nuestra vida en una incansable búsqueda, que parece darse por terminada muchas veces, sólo para descubrir luego que aún no habíamos dado con el tesoro.

Estoy hablando de la búsqueda de nosotros mismos. Aquella búsqueda que inquieta a las mentes más curiosas y sobretodo a aquellos individuos complejos y fascinantes, que no llegaron al mundo para ser sólo “alguien más”. Es esa búsqueda la que genera tantas crisis a través de nuestra corta existencia: la crisis del “no” en la primera infancia; la crisis rebelde de la adolescencia; la crisis de la adultez joven y la decisión de quién ser, con quién y qué vida llevar; la crisis de la mediana edad y el envejecimiento digno; y finalmente la crisis de qué huellas dejé cuando estoy a punto de irme.

No importa qué edad tengamos, no importa qué nivel de satisfacción personal logremos, siempre estamos en una constante búsqueda de nosotros mismos. Y es que el Yo es una entidad cambiante, a diferencia del espíritu, que es atemporal. Querer encontrarlo es como querer encontrar al viento, aprisionar algo que está en constante movimiento. Somos seres dinámicos, y cada pequeña experiencia que tengamos nos enriquece, nos enseña algo nuevo; literalmente, vivir nos vuelve más sabios. Y como el aprendizaje no sólo se remite a cambios virtuales en nuestro pensamiento sino que éstos son resultado de cambios fisiológicos en la estructura y química de nuestro cerebro, es absolutamente imposible volver a ser exactamente los mismos luego de haber aprendido algo nuevo. Y como aprendemos algo nuevo con cada cosa que hacemos, somos personas nuevas a cada instante y, nuevamente, es imposible encapsular el viento.

Es importante entender esto, pues muchas veces por estar ocupados buscándonos no nos damos cuenta de que estamos ahí mismo, bajo nuestras narices, y que el verdadero tesoro de aquella búsqueda es saber reconocernos a cada instante y estar conscientes de que cada palabra, cada acto, nos lleva a planos ulteriores que sabremos reconocer en el momento en que los alcancemos. Y es que el tiempo pasa y el presente, que es lo único que realmente tenemos, se nos va de las manos, y finalmente en aquella última gran crisis en que miramos atrás y buscamos qué hemos dejado, puede que encontremos sólo huecos y huecos en la tierra, que son lo único que queda de nuestro vano intento de encontrar el santo grial de nuestra identidad.

El derecho a morir

La eutanasia ha sido y es aún un tema de acalorado debate: por un lado están los que la defienden, diciendo que todos tenemos derecho a “morir dignamente”; y por otro lado están los que la reniegan, sosteniendo que no es papel del hombre decidir nuestra propia muerte y que ésto no es más que una extremísima manifestación del individualismo contemporáneo: “mi vida es mía y hago con ella lo que yo quiera”.

La palabra “eutanasia”, etimológicamente, deriva del griego “eu” que significa bien, y “Thánatos” que se refiere a muerte. En pocas palabras, la palabra eutanasia se refiere a bien morir, o buena muerte esencialmente. Actualmente existen muchos tipos de eutanasia, por ejemplo la aplicada a niños recién nacidos con graves problemas de salud o incluso nonatos que vienen con complicaciones, pero aquí vamos a dedicarnos a la básica: el derecho o no de evitar sufrimientos insoportables o prolongar artificialmente la vida de un enfermo terminal o de una enfermedad incurable. Por supuesto, debemos dejar en claro que este “homicidio asistido” como le llaman, se da con pleno consentimiento e incluso por solicitud del paciente, y que la condición terminal o definitivamente incurable es en absoluto necesaria para la consideración de la eutanasia.

Es entendible la severidad de la negativa en contra de la eutanasia, no sólo por los temas morales o religiosos, sino por su historia. La eutanasia fue incluso ofrecida durante el régimen nazi como una forma de propaganda engañosa para eliminar minusválidos y débiles (y su intento de mejorar la raza humana tiene un término propio: eugenesia). Pero volviendo a la religión y la moral, hay una pequeña falla. Se habla de que no tenemos derecho de decidir sobre la vida de una persona, mas hacemos cualquier cantidad de increíbles procedimientos médicos para salvársela en caso de enfermedad o accidente. Salvar una vida es evitar una muerte. Y evitar una muerte es meterse con el destino. Usamos métodos anticonceptivos evitando nuevas vidas, y evitar la creación de un nuevo ser humano es meterse con el destino. Y así jugamos todos los días entre la vida y la muerte, malabareando en nuestras propias manos asuntos que en teoría sólo deberían ser sólo cosas de los dioses.

Aún así, me parece sumamente delicado el tema de acabar con una vida. Por más científica que pueda intentar ser al respecto, siento un corrientazo de mala vibra recorrer mi cuerpo al pensar en quitarle la vida a alguien o a mí misma, así sea con buenas intenciones o incluso por una petición desesperada. Un peso kármico, un desgarrón en el vestido blanco del alma. Pero por otro lado estoy plenamente consciente de las limitaciones de la medicina humana y de la innecesidad de prolongar el sufrimiento de lo inevitable, y entonces me preguntó: ¿cómo defender el concepto de la eutanasia si no estoy de acuerdo con el mecanismo?

Tal vez el punto de conflicto que hace imposible de solucionar este dilema humano no es más que la propia humanidad. La humanidad que llora por el dolor del prójimo pero que sigue reglas intangibles que mantienen su compostura interna. Hoy escribo decidida a expresar mi absoluto apoyo o rechazo a la eutanasia, y finalmente me encuentro en la misma encrucijada en la que se encuentra el resto de la gente. Tal vez pueda decir que sí, la apoyo, pues los hermosos conceptos de acabar con el dolor de alguien y de respetar su vida y lo que ese alguien decida hacer con ella me seducen, pero me lavo las manos y que alguien más lo lleve a cabo. Y francamente sostener una postura que yo misma no tomaría me parece algo cobarde. Así que debo concluir que, uniéndome al vulgo de la indiferencia –aunque indiferencia forzada, no desinteresada– debo decir finalmente que no me encuentro ni a favor ni en contra, y francamente espero no tener que decidirlo sin remedio en algún momento de mi vida.

Los años del terror

Esto lo rescaté de mi blog anterior, fue lo que salió de un proyecto de escritura que iniciamos en el grupo “Panamá sí lee!!!” de Facebook, que por cierto creo que sólo hicimos una vez, jajaja. El tema era alguna anécdota estudiantil. La mía fue esta:

Creciendo en el colegio

Desde mis comienzos en aquella polémica etapa de la vida que con carácter casi científico llamamos “adolescencia”, la gente siempre pareció muy interesada en hacerme saber que me veía más joven de lo que realmente era. Disfruté tanto de mi niñez y era tan poco mi interés en crecer, a diferencia de mis compañeras de clase que de la noche a la mañana ya no jugaban con muñecas, sino que se pintaban las uñas, que a veces me pregunto si fue eso lo que afectó mi desarrollo, al punto de hacerlo llegar tan tarde.

A mis tiernos 9 años mis amigas ya hablaban de novios, y el chisme más grande que podía correr entre nosotras era que a Fulanita ya le había venido la regla. Yo, por supuesto, ni enterada. Para aquel entonces yo estaba más plana que una tabla, y mis ovarios, por lo visto, tan verdes como mis actuales conocimientos de filosofía.

Para el quinto grado de primaria, Sofía y yo llevábamos en el pecho apenas sombras de lo que algún día podrían llamarse senos; el resto de mis compañeras de clase ya tenían un buen grado de “pechonalidad”, del que estaban infinitamente orgullosas. Por supuesto que, como niña popular que era, yo también quería mis senos pronto. Mi posición en el grupo dependía de ello. Ahora la posición de liderazgo en la clase no se trataba de quién era la más divertida, o la más ingeniosa o imaginativa a la hora de jugar. Se había formado una especie de jerarquía, en la que aquella que más adulta parecía, era a quien todas seguíamos (sin importar cuántos pájaros tuviera en la cabeza). Yo, por supuesto, no estaba muy contenta con esta nueva forma de gobierno. A mí me seguían gustando los juegos (que ahora eran “prohibidos” para las “niñas grandes”, que debían comportarse como tales), y me parecía infinitamente aburrido hablar de chicos, carteras, maquillaje y demás estupideces.¿Qué iba a querer yo con esos niños sudorosos que se la pasaban corriendo alrededor del colegio en el recreo y que hablaban tonterías? Pero ese era el régimen ahora, y había que seguirlo si no se quería sufrir las consecuencias.

Podrán adivinar (si me conocen un poco), que, irremediablemente, sufrí las consecuencias; las sufrí a tal grado que me gané el nombre de “Cynthia, la infantil” (apodo del que me costó años liberarme) y los “niños grandes” me echaron de lado. Por un tiempo deseaba fervientemente ser aceptada, ser como el resto, sin éxito. Simplemente, yo era diferente. Con el tiempo me di cuenta de que me gustaba ser diferente, y no sé si fue una especie de rebeldía ante aquella situación, pero desde entonces si en algún momento no soy diferente del resto, hago lo necesario para serlo.

Como contaba, en el quinto grado las únicas sin necesidad de usar sostén éramos Sofía y yo. Como en aquellos tiempos la intimidad de una era tema de todas, nuestra función hormonal desacelerada era discusión de todas las niñas. Recuerdo un día, a la hora de educación física, cuando en el vestidor se abrió un debate acerca de cuál de las dos (Sofía o yo) tenía los “brotes” más grandes. Nuestro pecho no era más que una pista de aterrizaje con dos pequeños montículos de tierra, pero según yo era obvio que mis dos pequeños montículos eran más grandes que los de Sofía. Como para aquel entonces ya me iba ganando la antipatía de las demás por no ser lo suficientemente madura, todas coincidieron con que Sofía tenía su proyecto de senos más grande que el mío. Me sentí indignada pero, como siempre, puse mi mejor cara.

Pocos años después, a Sofía le vino la regla; a mí no me había llegado todavía. Así que supongo que sus senos sí eran más grandes que los míos después de todo.

Es increíble la importancia que se le puede prestar al desarrollo durante los años del mismo. Por ejemplo, un día discutía (seguro por alguna tontería) con una chica de mi salón. Para aquel entonces yo tendría unos doce años y cursaba el primer año de secundaria, si no me equivoco. Nos dijimos tres o cuatro cosas, a gritos, cuando finalmente ella (Rosemary, se llamaba), cerrando con broche de oro (o eso era lo que ella pensaba), plantó pie en el suelo, apoyó sus manos en sus caderas, y me dijo así: -Yo no me voy a rebajar a discutir contigo; tú no sirves, porque a ti no te ha venido la regla-. ¡La cosa más estúpida que había oído en mi vida! ¿En qué me diferenciaba? ¿Qué ganaba? ¿En qué me hacía diferente? No podía creer que hubiera cortado la discusión con una acusación tan terriblemente idiota. Con ese argumento parecía resumir toda la idiosincrasia (literalmente) del adolescente. Fue tal mi estupefacción ante su estupidez, que en vez de sentirme ofendida y contestar con insultos, lo único que pude responder, para ella y en nombre de todas aquellas niñas que desde hacía ya un par de años actuaban bajo la influencia de la luna, fue: -Para tu información (y para la de los demás-, pensé), a mí algún día me va a venir la regla, pero a ti la estupidez nunca se te va a quitar.

Hay cosas que, simplemente, nunca se podrán cambiar. Hay otras que, con el tiempo, simplemente cambian. Hace ya 10 años de aquellos episodios; ahora soy adulta, pero sigo siendo niña, y conozco a muchos como yo. Mi pregunta es: ¿dónde estaban aquellas personas cuando me tocó luchar sola contra el vulgo? Y, a menudo, mi respuesta es que estaban esperando aparecer cuando yo supiera apreciarlos en toda su extensión, como los aprecio a ustedes hoy.

Hoy, a veces, aún me pregunto qué fue de Rosemary…

Cynthia.
10 centímetros más alta.

P.S.: Algunos nombres fueron cambiados para proteger identidades, jajaja

Comunicación humana

Es bien sabido, si miramos hacia atrás, que el lenguaje en el ser humano siempre ha sido absolutamente necesario. Al ser animales sociales, que nos desarrollamos como humanos gracias a aquella socialización, es clave para nuestra especie el poder comunicarnos. Y no hablamos sólo de gruñidos o monosílabos simples para indicar hambre, frío, enojo o deseo sexual; el ser humano, así como hago yo ahora mismo, necesita compartir socialmente sus ideas, sus pensamientos y, en mayor parte, sus emociones.

Desde los dibujos en las cuevas de Altamira, pasando por los jeroglíficos egipcios, el Don Quijote, la ida a la luna, y llegando al rap del Bronx, los humanos siempre hemos encontrado alguna manera de expresar nuestra forma de ver el mundo y nuestros sentimientos. Empezamos por supuesto con nuestros gestos, miradas y comunicación física. Luego tenemos idiomas y dialectos a montón, muchos desaparecidos ya, pero que en algún momento constituyeron el corazón de algún pueblo y gracias a ellos crecieron y evolucionaron. De hecho nuestro cerebro llega predispuesto y listo para adquirir un idioma, llevando esta necesidad social aún más allá, a una necesidad biológica. Tenemos las formas de arte, desde las más primitivas como el baile hasta las más complejas, como las obras literarias (que no son más que una forma poetizada de los idiomas ya mencionados).

Todas estas formas de expresión (y hay muchas más que nombrar) han ido evolucionando y su centro focal se ha ido moviendo de un ámbito al otro según las necesidades de la época. Para los seres humanos contemporáneos la mayor forma de expresión en los últimos siglos ha sido la ciencia. Perseguimos logros académicos y grandes descubrimientos científicos, no por altruismo per se o por servir a la sociedad, al menos no de manera directa. Buscamos servirla haciéndola destacar, diciendo “¡Aquí estamos!” al llevar un cohete a la luna o proclamar con orgullo que descubrimos la vacuna contra el cáncer. Y esta especie de sublimación, de logro humano basado en nuestras necesidades más básicas, es en parte la clave de nuestra esencia como especie, que para autorealizarse necesita realizar a los demás.

Pero aunque muchas de las nuevas formas de expresión no las comprenderían nuestros antepasados, hay otras que sí, y aquí debo hacer mención necesariamente de la música. La música ha caracterizado a nuestra especie tal vez desde los meros inicios. Está en nuestro instinto el ser musicales, el cantarle a nuestros hijos, el encontrar ritmos en los sonidos cotidianos. Donde en un reloj suena un tic tic tic tic, nosotros escuchamos un rítmico 2/2 de tic tac tic tac. Nuestro cerebro se estimula con la música y parece estar especialmente diseñado para descifrarla, como el más universal de los idiomas. La música une a los pueblos que no tienen en común una lengua ni costumbres, y ni siquiera raza, y los lleva incluso a lograr metas juntos. Nos lleva a la paz y también nos hace marchar a la guerra. Nos transporta a otros mundos y juega con nuestros ideales y sueños más profundos, haciéndolos realidad en nuestros sentidos por unos cuantos segundos. La música transforma nuestro rostro y reorganiza nuestras percepciones e ideas; nos motiva más que cualquier elixir milagroso y nos lleva a amar con más intensidad. Como medio de expresión, la música es y será siempre uno de los principales bálsamos de la humanidad.