Los años del terror

Esto lo rescaté de mi blog anterior, fue lo que salió de un proyecto de escritura que iniciamos en el grupo “Panamá sí lee!!!” de Facebook, que por cierto creo que sólo hicimos una vez, jajaja. El tema era alguna anécdota estudiantil. La mía fue esta:

Creciendo en el colegio

Desde mis comienzos en aquella polémica etapa de la vida que con carácter casi científico llamamos “adolescencia”, la gente siempre pareció muy interesada en hacerme saber que me veía más joven de lo que realmente era. Disfruté tanto de mi niñez y era tan poco mi interés en crecer, a diferencia de mis compañeras de clase que de la noche a la mañana ya no jugaban con muñecas, sino que se pintaban las uñas, que a veces me pregunto si fue eso lo que afectó mi desarrollo, al punto de hacerlo llegar tan tarde.

A mis tiernos 9 años mis amigas ya hablaban de novios, y el chisme más grande que podía correr entre nosotras era que a Fulanita ya le había venido la regla. Yo, por supuesto, ni enterada. Para aquel entonces yo estaba más plana que una tabla, y mis ovarios, por lo visto, tan verdes como mis actuales conocimientos de filosofía.

Para el quinto grado de primaria, Sofía y yo llevábamos en el pecho apenas sombras de lo que algún día podrían llamarse senos; el resto de mis compañeras de clase ya tenían un buen grado de “pechonalidad”, del que estaban infinitamente orgullosas. Por supuesto que, como niña popular que era, yo también quería mis senos pronto. Mi posición en el grupo dependía de ello. Ahora la posición de liderazgo en la clase no se trataba de quién era la más divertida, o la más ingeniosa o imaginativa a la hora de jugar. Se había formado una especie de jerarquía, en la que aquella que más adulta parecía, era a quien todas seguíamos (sin importar cuántos pájaros tuviera en la cabeza). Yo, por supuesto, no estaba muy contenta con esta nueva forma de gobierno. A mí me seguían gustando los juegos (que ahora eran “prohibidos” para las “niñas grandes”, que debían comportarse como tales), y me parecía infinitamente aburrido hablar de chicos, carteras, maquillaje y demás estupideces.¿Qué iba a querer yo con esos niños sudorosos que se la pasaban corriendo alrededor del colegio en el recreo y que hablaban tonterías? Pero ese era el régimen ahora, y había que seguirlo si no se quería sufrir las consecuencias.

Podrán adivinar (si me conocen un poco), que, irremediablemente, sufrí las consecuencias; las sufrí a tal grado que me gané el nombre de “Cynthia, la infantil” (apodo del que me costó años liberarme) y los “niños grandes” me echaron de lado. Por un tiempo deseaba fervientemente ser aceptada, ser como el resto, sin éxito. Simplemente, yo era diferente. Con el tiempo me di cuenta de que me gustaba ser diferente, y no sé si fue una especie de rebeldía ante aquella situación, pero desde entonces si en algún momento no soy diferente del resto, hago lo necesario para serlo.

Como contaba, en el quinto grado las únicas sin necesidad de usar sostén éramos Sofía y yo. Como en aquellos tiempos la intimidad de una era tema de todas, nuestra función hormonal desacelerada era discusión de todas las niñas. Recuerdo un día, a la hora de educación física, cuando en el vestidor se abrió un debate acerca de cuál de las dos (Sofía o yo) tenía los “brotes” más grandes. Nuestro pecho no era más que una pista de aterrizaje con dos pequeños montículos de tierra, pero según yo era obvio que mis dos pequeños montículos eran más grandes que los de Sofía. Como para aquel entonces ya me iba ganando la antipatía de las demás por no ser lo suficientemente madura, todas coincidieron con que Sofía tenía su proyecto de senos más grande que el mío. Me sentí indignada pero, como siempre, puse mi mejor cara.

Pocos años después, a Sofía le vino la regla; a mí no me había llegado todavía. Así que supongo que sus senos sí eran más grandes que los míos después de todo.

Es increíble la importancia que se le puede prestar al desarrollo durante los años del mismo. Por ejemplo, un día discutía (seguro por alguna tontería) con una chica de mi salón. Para aquel entonces yo tendría unos doce años y cursaba el primer año de secundaria, si no me equivoco. Nos dijimos tres o cuatro cosas, a gritos, cuando finalmente ella (Rosemary, se llamaba), cerrando con broche de oro (o eso era lo que ella pensaba), plantó pie en el suelo, apoyó sus manos en sus caderas, y me dijo así: -Yo no me voy a rebajar a discutir contigo; tú no sirves, porque a ti no te ha venido la regla-. ¡La cosa más estúpida que había oído en mi vida! ¿En qué me diferenciaba? ¿Qué ganaba? ¿En qué me hacía diferente? No podía creer que hubiera cortado la discusión con una acusación tan terriblemente idiota. Con ese argumento parecía resumir toda la idiosincrasia (literalmente) del adolescente. Fue tal mi estupefacción ante su estupidez, que en vez de sentirme ofendida y contestar con insultos, lo único que pude responder, para ella y en nombre de todas aquellas niñas que desde hacía ya un par de años actuaban bajo la influencia de la luna, fue: -Para tu información (y para la de los demás-, pensé), a mí algún día me va a venir la regla, pero a ti la estupidez nunca se te va a quitar.

Hay cosas que, simplemente, nunca se podrán cambiar. Hay otras que, con el tiempo, simplemente cambian. Hace ya 10 años de aquellos episodios; ahora soy adulta, pero sigo siendo niña, y conozco a muchos como yo. Mi pregunta es: ¿dónde estaban aquellas personas cuando me tocó luchar sola contra el vulgo? Y, a menudo, mi respuesta es que estaban esperando aparecer cuando yo supiera apreciarlos en toda su extensión, como los aprecio a ustedes hoy.

Hoy, a veces, aún me pregunto qué fue de Rosemary…

Cynthia.
10 centímetros más alta.

P.S.: Algunos nombres fueron cambiados para proteger identidades, jajaja

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