Tù, Humano

Tu complejidad asemeja los colores del arcoíris vistos a través de un celofán caleidoscópico: un remolino de emociones y vientos huracanados de pensamientos, que a su paso dejan huellas indelebles y eternas en las memorias de tus contemporáneos. Un pequeño gesto o pensamiento transmitidos de una generación a otra casi por accidente, haciendo de tu existencia algo perenne e infinito. Sueñas con la inmortalidad sin realizar que ésta ya es tuya, en aquel nuevo concepto o aquella frase memorable de la que alguien más se adueñó y que ahora distribuye por el mundo. Y te crees insignificante, pero sin darte cuenta has cambiado el mundo, has enriquecido a tu raza, has hecho de ese niño al otro lado del continente dentro de mil años un niño diferente gracias a esa gota de legado que hasta él llegó desde tu existencia.

La vida es corta y de sensación etérea, pues el presente nunca es nuestro y el futuro es siempre intangible, pero ésta se vuelve palpable en estas líneas de intercambio eterno entre seres humanos. Tu vida influencia miles, así como la tuya es influenciada por la de otros. No subestimes el poder de tus actos, de tus miradas, de tus pensamientos; vive utilizando tu potencial al máximo, pues nunca sabes cuándo llegará aquel momento crucial que te volverá eterno, y tampoco sabes cuándo la luz se apagará y perderás la oportunidad de encontrarlo, de seguir viviendo. Nada está absuelto de problemas, mas todo tiene solución si existe la determinación suficiente. Nadie es dueño de su propio destino, pero es al mismo tiempo responsable del encause del mismo. Sólo toma las riendas.

Pequeña gran alma

Sueñan en los cielos las almas perdidas durante su peregrinaje entre una vida y otra. Sueñan con lo que ya ha pasado y con todo lo aprendido, mientras en sus adentros revuelan como mariposas las nuevas conexiones y nuevas estructuras que la última experiencia ha creado. Ahora son más sabias, más antiguas, y vuelven al mundo a seguir aprendiendo. Algunas recién han llegado y comienzan apenas con afán y entusiasmo su largo camino; otras han venido muchas veces, llenas de sabiduría universal y amor incandescente, listas para ayudar al resto de las almas, sobretodo las más jóvenes.

Y terminado ese largo sueño intangible y atemporal, regresan las almas a la vida. Una de ellas, tan vieja y sabia que es capaz de contemplarlo todo con la sencillez y belleza con que lo hace un niño pequeño, llega a un minúsculo país en el nuevo mundo. Un país que, a pesar de su sencillez y carencia de esa sabiduría universal, fue capaz de brindarle las herramientas para no deformar su verdadera esencia durante su crecimiento mortal, y es que su estructura y esencia son fuertes. Contemplativa desde el principio, esta pequeña alma sabe que el destino le depara cosas grandes, y es que a un alma tan rica no puede pedírsele nada que no esté a su altura. Y mediante esas grandes misiones, situaciones difíciles y paciencia frente a la ignorancia de los demás, esa pequeña alma vieja y sabia se reestructurará y seguirá creciendo, hasta que llegue el momento de partir y volver a aquel profundo sueño intangible en el que florecerá hasta regresar nuevamente para seguir trayendo bendiciones, sabiduría y amor incandescente a este mundo en desarrollo.

Almas

Las almas son trozos de esencia universal que se rompió en mil pedazos al estallar el Big Bang. Y vagaron en el vacío por billones de años, aguardando pacientes aquel momento de gloria en que por intervención divina cobraran forma y voluntad en un pedazo de tierra, siendo por fin capaces de interactuar entre ellas en búsqueda de aquellos trozos aledaños cuyas aristas se complementan. Dos almas complementarias que se encuentran se funden y forman una verdad universal más grande, fundición que, como una reacción química, despide energía e ilumina a las almas que le rodean, motivándolas así a seguir buscando sus complementos y volver a formar aquella esencia universal fragmentada. La fundición de dos almas complementarias trae luz y sabiduría; una sabiduría universal eterna que es más grande que la suma de sus partes, y lleva en consecuencia al enriquecimiento fundamental de cada una, pues ya no son más dos entes separados sino que se han convertido en uno solo, que es en sí mismo ambos y es al mismo tiempo todo.

Paseo por las nubes

Acabo de regresar de una de las mejores y más refrescantes vacaciones de mi vida. Conocí y experimenté muchísimas cosas nuevas y, sobre todo, mucha gente me hizo sentir muy querida y especial. Coincidiendo este viaje con el comienzo de un nuevo año, creo que es inevitable que aquellos cuestionamientos y reflexiones típicos de estas fechas se vean magnificados y tal vez aún más críticos en esta ocasión.

Durante estas tres semanas conocí nuevas y muy diferentes culturas, personas con perspectivas de la vida muy distintas a las que estoy acostumbrada, y sobre todo un método de acción diferente al de mi país: una acción que es la de hacer acción, llevar a cabo las cosas. Para mi espíritu bohemio fue como una bocanada de aire fresco después de haber estado críticamente sumergido y empezando a rendirse, a “civilizarse”. Esta inmersión me mantuvo en un largo impasse por varios años desde el comienzo de mi vida adulta, pues no he sabido qué hacer o más bien, no sabía que podía hacerse. Un impasse agobiante que me ha mantenido algo marchita y del que no he podido salir por no atreverme a hacer. Yo, que me atrevo a tantas cosas a menor escala, me dejé convencer de que aquí no se hace, sólo se sigue.

Así que empiezan los cuestionamientos: qué hacer, cómo hacerlo; pero esta vez con un poderoso ingrediente nuevo: el de la acción. Empiezo esta nueva década no sólo con ideas nuevas, nuevos propósitos, nuevos sentimientos y nuevos amigos, sino que empiezo decidida a cambios; a dejar de ser tan ridículamente responsable y adelantada a mi edad que caigo en una caja vacía y presconstruida que sólo me llevará a lo mismo que al resto; a atreverme a tomar riesgos y experimentar cosas nuevas; a atreverme a seguir mis sueños. Una década de cambios.

Y, como si fuera poco, hoy que termina mi peregrinaje al ver por la ventana del avión de vuelta a mi realidad, veo kilómetros y kilómetros de campos de algodón. Un denso llano de nubes, colinas suaves que suben y bajan, blancas y coposas, como peinadas con rastrillos humanos en esos parajes elevados. Y el avión volando al ras de las nubes, como si navegáramos entre ellas, y mis ojos no ven más que infinitos campos de algodón hasta desaparecer en el horizonte, iluminados por el sol brillante. Un paseo por las nubes de regreso a una nueva vida, descubriendo, una vez más y después de muchas veces en estas últimas semanas, que las casualidades no existen y que alguien más, algo más grande, está detrás de todo, dejando pistas y señales en nuestro camino.

Reflexión gatuna

Ayer fui a ver Cats, el musical de Broadway, y como siempre cuando se trata de musicales, quedé encantada.

Pero no vengo a hacer un review, sino una pequeña reflexión que hice en tanto miraba a esta gente maquillada y disfrazada bailar y cantar. Y es que me pareció tan curiosa la necesidad del ser humano de ser creativo y demostrar sus talentos… Pero eso no es lo más curioso. Lo increíble es la necesidad de los otros seres humanos de presenciar estos talentos y esta creatividad. Toda esta gente se reúne para ver cantar y bailar a otra gente. Y de repente, si veo todo con otros ojos y me hago ajena a la raza humana, me parece hasta conmovedor este acto de que unos individuos entretengan a otros haciendo gala de sus talentos, realizando sus sueños los primeros y llenándose de sueños los segundos.

Realmente que nuestra especie es fascinante.

La búsqueda de uno mismo

Hay un viejo dicho que dice algo así como que podremos llegar a conocer bien a otros, pero nunca a nosotros mismos (tengo mala memoria para los chistes y los dichos). Pasamos la mayor parte de nuestra vida en una incansable búsqueda, que parece darse por terminada muchas veces, sólo para descubrir luego que aún no habíamos dado con el tesoro.

Estoy hablando de la búsqueda de nosotros mismos. Aquella búsqueda que inquieta a las mentes más curiosas y sobretodo a aquellos individuos complejos y fascinantes, que no llegaron al mundo para ser sólo “alguien más”. Es esa búsqueda la que genera tantas crisis a través de nuestra corta existencia: la crisis del “no” en la primera infancia; la crisis rebelde de la adolescencia; la crisis de la adultez joven y la decisión de quién ser, con quién y qué vida llevar; la crisis de la mediana edad y el envejecimiento digno; y finalmente la crisis de qué huellas dejé cuando estoy a punto de irme.

No importa qué edad tengamos, no importa qué nivel de satisfacción personal logremos, siempre estamos en una constante búsqueda de nosotros mismos. Y es que el Yo es una entidad cambiante, a diferencia del espíritu, que es atemporal. Querer encontrarlo es como querer encontrar al viento, aprisionar algo que está en constante movimiento. Somos seres dinámicos, y cada pequeña experiencia que tengamos nos enriquece, nos enseña algo nuevo; literalmente, vivir nos vuelve más sabios. Y como el aprendizaje no sólo se remite a cambios virtuales en nuestro pensamiento sino que éstos son resultado de cambios fisiológicos en la estructura y química de nuestro cerebro, es absolutamente imposible volver a ser exactamente los mismos luego de haber aprendido algo nuevo. Y como aprendemos algo nuevo con cada cosa que hacemos, somos personas nuevas a cada instante y, nuevamente, es imposible encapsular el viento.

Es importante entender esto, pues muchas veces por estar ocupados buscándonos no nos damos cuenta de que estamos ahí mismo, bajo nuestras narices, y que el verdadero tesoro de aquella búsqueda es saber reconocernos a cada instante y estar conscientes de que cada palabra, cada acto, nos lleva a planos ulteriores que sabremos reconocer en el momento en que los alcancemos. Y es que el tiempo pasa y el presente, que es lo único que realmente tenemos, se nos va de las manos, y finalmente en aquella última gran crisis en que miramos atrás y buscamos qué hemos dejado, puede que encontremos sólo huecos y huecos en la tierra, que son lo único que queda de nuestro vano intento de encontrar el santo grial de nuestra identidad.

El derecho a morir

La eutanasia ha sido y es aún un tema de acalorado debate: por un lado están los que la defienden, diciendo que todos tenemos derecho a “morir dignamente”; y por otro lado están los que la reniegan, sosteniendo que no es papel del hombre decidir nuestra propia muerte y que ésto no es más que una extremísima manifestación del individualismo contemporáneo: “mi vida es mía y hago con ella lo que yo quiera”.

La palabra “eutanasia”, etimológicamente, deriva del griego “eu” que significa bien, y “Thánatos” que se refiere a muerte. En pocas palabras, la palabra eutanasia se refiere a bien morir, o buena muerte esencialmente. Actualmente existen muchos tipos de eutanasia, por ejemplo la aplicada a niños recién nacidos con graves problemas de salud o incluso nonatos que vienen con complicaciones, pero aquí vamos a dedicarnos a la básica: el derecho o no de evitar sufrimientos insoportables o prolongar artificialmente la vida de un enfermo terminal o de una enfermedad incurable. Por supuesto, debemos dejar en claro que este “homicidio asistido” como le llaman, se da con pleno consentimiento e incluso por solicitud del paciente, y que la condición terminal o definitivamente incurable es en absoluto necesaria para la consideración de la eutanasia.

Es entendible la severidad de la negativa en contra de la eutanasia, no sólo por los temas morales o religiosos, sino por su historia. La eutanasia fue incluso ofrecida durante el régimen nazi como una forma de propaganda engañosa para eliminar minusválidos y débiles (y su intento de mejorar la raza humana tiene un término propio: eugenesia). Pero volviendo a la religión y la moral, hay una pequeña falla. Se habla de que no tenemos derecho de decidir sobre la vida de una persona, mas hacemos cualquier cantidad de increíbles procedimientos médicos para salvársela en caso de enfermedad o accidente. Salvar una vida es evitar una muerte. Y evitar una muerte es meterse con el destino. Usamos métodos anticonceptivos evitando nuevas vidas, y evitar la creación de un nuevo ser humano es meterse con el destino. Y así jugamos todos los días entre la vida y la muerte, malabareando en nuestras propias manos asuntos que en teoría sólo deberían ser sólo cosas de los dioses.

Aún así, me parece sumamente delicado el tema de acabar con una vida. Por más científica que pueda intentar ser al respecto, siento un corrientazo de mala vibra recorrer mi cuerpo al pensar en quitarle la vida a alguien o a mí misma, así sea con buenas intenciones o incluso por una petición desesperada. Un peso kármico, un desgarrón en el vestido blanco del alma. Pero por otro lado estoy plenamente consciente de las limitaciones de la medicina humana y de la innecesidad de prolongar el sufrimiento de lo inevitable, y entonces me preguntó: ¿cómo defender el concepto de la eutanasia si no estoy de acuerdo con el mecanismo?

Tal vez el punto de conflicto que hace imposible de solucionar este dilema humano no es más que la propia humanidad. La humanidad que llora por el dolor del prójimo pero que sigue reglas intangibles que mantienen su compostura interna. Hoy escribo decidida a expresar mi absoluto apoyo o rechazo a la eutanasia, y finalmente me encuentro en la misma encrucijada en la que se encuentra el resto de la gente. Tal vez pueda decir que sí, la apoyo, pues los hermosos conceptos de acabar con el dolor de alguien y de respetar su vida y lo que ese alguien decida hacer con ella me seducen, pero me lavo las manos y que alguien más lo lleve a cabo. Y francamente sostener una postura que yo misma no tomaría me parece algo cobarde. Así que debo concluir que, uniéndome al vulgo de la indiferencia –aunque indiferencia forzada, no desinteresada– debo decir finalmente que no me encuentro ni a favor ni en contra, y francamente espero no tener que decidirlo sin remedio en algún momento de mi vida.

Los años del terror

Esto lo rescaté de mi blog anterior, fue lo que salió de un proyecto de escritura que iniciamos en el grupo “Panamá sí lee!!!” de Facebook, que por cierto creo que sólo hicimos una vez, jajaja. El tema era alguna anécdota estudiantil. La mía fue esta:

Creciendo en el colegio

Desde mis comienzos en aquella polémica etapa de la vida que con carácter casi científico llamamos “adolescencia”, la gente siempre pareció muy interesada en hacerme saber que me veía más joven de lo que realmente era. Disfruté tanto de mi niñez y era tan poco mi interés en crecer, a diferencia de mis compañeras de clase que de la noche a la mañana ya no jugaban con muñecas, sino que se pintaban las uñas, que a veces me pregunto si fue eso lo que afectó mi desarrollo, al punto de hacerlo llegar tan tarde.

A mis tiernos 9 años mis amigas ya hablaban de novios, y el chisme más grande que podía correr entre nosotras era que a Fulanita ya le había venido la regla. Yo, por supuesto, ni enterada. Para aquel entonces yo estaba más plana que una tabla, y mis ovarios, por lo visto, tan verdes como mis actuales conocimientos de filosofía.

Para el quinto grado de primaria, Sofía y yo llevábamos en el pecho apenas sombras de lo que algún día podrían llamarse senos; el resto de mis compañeras de clase ya tenían un buen grado de “pechonalidad”, del que estaban infinitamente orgullosas. Por supuesto que, como niña popular que era, yo también quería mis senos pronto. Mi posición en el grupo dependía de ello. Ahora la posición de liderazgo en la clase no se trataba de quién era la más divertida, o la más ingeniosa o imaginativa a la hora de jugar. Se había formado una especie de jerarquía, en la que aquella que más adulta parecía, era a quien todas seguíamos (sin importar cuántos pájaros tuviera en la cabeza). Yo, por supuesto, no estaba muy contenta con esta nueva forma de gobierno. A mí me seguían gustando los juegos (que ahora eran “prohibidos” para las “niñas grandes”, que debían comportarse como tales), y me parecía infinitamente aburrido hablar de chicos, carteras, maquillaje y demás estupideces.¿Qué iba a querer yo con esos niños sudorosos que se la pasaban corriendo alrededor del colegio en el recreo y que hablaban tonterías? Pero ese era el régimen ahora, y había que seguirlo si no se quería sufrir las consecuencias.

Podrán adivinar (si me conocen un poco), que, irremediablemente, sufrí las consecuencias; las sufrí a tal grado que me gané el nombre de “Cynthia, la infantil” (apodo del que me costó años liberarme) y los “niños grandes” me echaron de lado. Por un tiempo deseaba fervientemente ser aceptada, ser como el resto, sin éxito. Simplemente, yo era diferente. Con el tiempo me di cuenta de que me gustaba ser diferente, y no sé si fue una especie de rebeldía ante aquella situación, pero desde entonces si en algún momento no soy diferente del resto, hago lo necesario para serlo.

Como contaba, en el quinto grado las únicas sin necesidad de usar sostén éramos Sofía y yo. Como en aquellos tiempos la intimidad de una era tema de todas, nuestra función hormonal desacelerada era discusión de todas las niñas. Recuerdo un día, a la hora de educación física, cuando en el vestidor se abrió un debate acerca de cuál de las dos (Sofía o yo) tenía los “brotes” más grandes. Nuestro pecho no era más que una pista de aterrizaje con dos pequeños montículos de tierra, pero según yo era obvio que mis dos pequeños montículos eran más grandes que los de Sofía. Como para aquel entonces ya me iba ganando la antipatía de las demás por no ser lo suficientemente madura, todas coincidieron con que Sofía tenía su proyecto de senos más grande que el mío. Me sentí indignada pero, como siempre, puse mi mejor cara.

Pocos años después, a Sofía le vino la regla; a mí no me había llegado todavía. Así que supongo que sus senos sí eran más grandes que los míos después de todo.

Es increíble la importancia que se le puede prestar al desarrollo durante los años del mismo. Por ejemplo, un día discutía (seguro por alguna tontería) con una chica de mi salón. Para aquel entonces yo tendría unos doce años y cursaba el primer año de secundaria, si no me equivoco. Nos dijimos tres o cuatro cosas, a gritos, cuando finalmente ella (Rosemary, se llamaba), cerrando con broche de oro (o eso era lo que ella pensaba), plantó pie en el suelo, apoyó sus manos en sus caderas, y me dijo así: -Yo no me voy a rebajar a discutir contigo; tú no sirves, porque a ti no te ha venido la regla-. ¡La cosa más estúpida que había oído en mi vida! ¿En qué me diferenciaba? ¿Qué ganaba? ¿En qué me hacía diferente? No podía creer que hubiera cortado la discusión con una acusación tan terriblemente idiota. Con ese argumento parecía resumir toda la idiosincrasia (literalmente) del adolescente. Fue tal mi estupefacción ante su estupidez, que en vez de sentirme ofendida y contestar con insultos, lo único que pude responder, para ella y en nombre de todas aquellas niñas que desde hacía ya un par de años actuaban bajo la influencia de la luna, fue: -Para tu información (y para la de los demás-, pensé), a mí algún día me va a venir la regla, pero a ti la estupidez nunca se te va a quitar.

Hay cosas que, simplemente, nunca se podrán cambiar. Hay otras que, con el tiempo, simplemente cambian. Hace ya 10 años de aquellos episodios; ahora soy adulta, pero sigo siendo niña, y conozco a muchos como yo. Mi pregunta es: ¿dónde estaban aquellas personas cuando me tocó luchar sola contra el vulgo? Y, a menudo, mi respuesta es que estaban esperando aparecer cuando yo supiera apreciarlos en toda su extensión, como los aprecio a ustedes hoy.

Hoy, a veces, aún me pregunto qué fue de Rosemary…

Cynthia.
10 centímetros más alta.

P.S.: Algunos nombres fueron cambiados para proteger identidades, jajaja

Comunicación humana

Es bien sabido, si miramos hacia atrás, que el lenguaje en el ser humano siempre ha sido absolutamente necesario. Al ser animales sociales, que nos desarrollamos como humanos gracias a aquella socialización, es clave para nuestra especie el poder comunicarnos. Y no hablamos sólo de gruñidos o monosílabos simples para indicar hambre, frío, enojo o deseo sexual; el ser humano, así como hago yo ahora mismo, necesita compartir socialmente sus ideas, sus pensamientos y, en mayor parte, sus emociones.

Desde los dibujos en las cuevas de Altamira, pasando por los jeroglíficos egipcios, el Don Quijote, la ida a la luna, y llegando al rap del Bronx, los humanos siempre hemos encontrado alguna manera de expresar nuestra forma de ver el mundo y nuestros sentimientos. Empezamos por supuesto con nuestros gestos, miradas y comunicación física. Luego tenemos idiomas y dialectos a montón, muchos desaparecidos ya, pero que en algún momento constituyeron el corazón de algún pueblo y gracias a ellos crecieron y evolucionaron. De hecho nuestro cerebro llega predispuesto y listo para adquirir un idioma, llevando esta necesidad social aún más allá, a una necesidad biológica. Tenemos las formas de arte, desde las más primitivas como el baile hasta las más complejas, como las obras literarias (que no son más que una forma poetizada de los idiomas ya mencionados).

Todas estas formas de expresión (y hay muchas más que nombrar) han ido evolucionando y su centro focal se ha ido moviendo de un ámbito al otro según las necesidades de la época. Para los seres humanos contemporáneos la mayor forma de expresión en los últimos siglos ha sido la ciencia. Perseguimos logros académicos y grandes descubrimientos científicos, no por altruismo per se o por servir a la sociedad, al menos no de manera directa. Buscamos servirla haciéndola destacar, diciendo “¡Aquí estamos!” al llevar un cohete a la luna o proclamar con orgullo que descubrimos la vacuna contra el cáncer. Y esta especie de sublimación, de logro humano basado en nuestras necesidades más básicas, es en parte la clave de nuestra esencia como especie, que para autorealizarse necesita realizar a los demás.

Pero aunque muchas de las nuevas formas de expresión no las comprenderían nuestros antepasados, hay otras que sí, y aquí debo hacer mención necesariamente de la música. La música ha caracterizado a nuestra especie tal vez desde los meros inicios. Está en nuestro instinto el ser musicales, el cantarle a nuestros hijos, el encontrar ritmos en los sonidos cotidianos. Donde en un reloj suena un tic tic tic tic, nosotros escuchamos un rítmico 2/2 de tic tac tic tac. Nuestro cerebro se estimula con la música y parece estar especialmente diseñado para descifrarla, como el más universal de los idiomas. La música une a los pueblos que no tienen en común una lengua ni costumbres, y ni siquiera raza, y los lleva incluso a lograr metas juntos. Nos lleva a la paz y también nos hace marchar a la guerra. Nos transporta a otros mundos y juega con nuestros ideales y sueños más profundos, haciéndolos realidad en nuestros sentidos por unos cuantos segundos. La música transforma nuestro rostro y reorganiza nuestras percepciones e ideas; nos motiva más que cualquier elixir milagroso y nos lleva a amar con más intensidad. Como medio de expresión, la música es y será siempre uno de los principales bálsamos de la humanidad.

Poema XX

Imagina por un segundo que tus manos me dan forma;

Cada curva, cada surco, cada línea que me adorna.

 

Que tus manos en mi rostro crean mis ojos y mi boca.

Ojos que para verte abro; besos que mi boca invoca

de tus suaves labios dulces que a su reciente creación provocan.

 

Que tus manos mi cintura delimitan con paciencia,

y hasta con aires de suficiencia,

pues no hay prisa ni premura

en moldear en pasta dura

las curvas de mi inocencia.

 

Imagina, por un segundo,que tus manos me dan forma;

que tus manos a tu necesidad responden.

 

Imagina que me nombras y, al nombrarme, me transformas,

y tus ojos y caricias de mí ya no se esconden…

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