Libélulas

Como libélulas atraviesa tu aliento mis cabellos, su aleteo susurrando palabras ininteligibles a mi oído. Tus ojos en los míos, me besa tu mirada, y mis cabellos envuelven tu rostro, elevado cada uno por las sutiles libélulas de tu aliento cálido.

Y entonces me pregunto, mientras mis manos se aferran a tus contornos de luz, si ese beso silencioso sale sólo de tu boca, o si hay dentro de él verdaderas estelas de pertenencia que llegan como enredaderas a mi corazón confundido; si esa sinapsis física momentánea traspasa los límites terrenales y se eleva a nuestra primavera en el Edén, llevándonos más cerca del paraíso prometido; si con ese gesto, a menudo banalizado, tu espíritu juega con el mío como niños inocentes y se complementan en un cerrojo secreto, liberando la energía de la creación, haciendo de los dos más que la suma de nosotros mismos y elevándonos por encima de lo meramente carnal y vacío.

O tal vez esto no es más que sólo un beso de tu boca, un elixir de placer entre los labios y la lengua. Un intercambio de pasión contenida y sin dirección alguna que te acompañará unas horas y luego se extinguirá al aire junto a las libélulas de tu aliento; libélulas que tal vez, luego de un largo viaje, lleguen nuevamente hasta mí, haciéndome recordar de repente y en el momento menos esperado aquel dulce beso de tus labios.