Aprendiendo a leer Hebreo

Aprendí a leer hebreo hace unos dos años. Me tocó aprender por mi cuenta pues no tenía facilidad de tutores o clases grupales en el momento, y no quería acostumbrarme a transliteraciones esperando “algún día” poder estudiar y aprender; es como empezar a tocar el piano mal sentado: una vez aprendido es difícil quitarse la maña.

Como buena hija del siglo XXI recurrí al internet. Encontré muchísimas páginas y herramientas para aprender pero por más que imprimí, leí, estudié y repetí, todas las letras me seguían pareciendo esencialmente iguales a primera vista. Qué desilusión. Pero mi voluntad (o testarudez) era más grande mi intelecto herido e insistí. Encontré entonces una herramienta virtual que me resultó de gran ayuda: flash cards o tarjetas didácticas, cada una con la letra hebrea en grande, debajo su nombre (transliterado, por supuesto), a qué letra del alfabeto latino correspondía y su valor numérico (cosa que aún no me he aprendido del todo). Empecé, pacientemente, a pasar tarjeta por tarjeta en orden aleatorio, obligando a mi aturdido cerebro a hacer las conexiones necesarias para poder asimilarlas. Poco tiempo después ya no sólo podía distinguir las letras con mucha más facilidad, sino que hasta sabía cómo se llamaban y a qué letra del alfabeto que tan bien me sé correspondían. Hasta las vocales había aprendido. No cabía en mí de la emoción.

Image

Las letras alef y bet. El alfabeto hebreo se llama alefbet y sí, adivinaste, de ahí viene la palabra “alfabeto”

Pero entonces, habiendo dominado las letras por separado, llegué a otro gran reto: leer. Y junto con este nuevo reto llegaron nuevas desilusiones, pues el cerebro al leer agrupa las letras y las ve como un todo antes de interpretarlas (todo en milésimas de segundo), pero si estás aprendiendo a leer un idioma desconocido, con cuyas letras no estás tan familiarizado y lees letra por letra, vas a leer muy lento. Y leí muy lento por mucho, mucho tiempo.

Debo admitir que la lentitud de mi lectura me desanimó un poco y por un largo plazo dejé de practicar fuera de los servicios. Me sabía los rezos de memoria, así que no necesitaba leer para poder cantarlos o recitarlos, eso no era un incentivo; sólo leía por encima y me hacía de algunas letras para recordar qué palabra seguía si no lo recordaba. Estaba ansiosa por poder leer rápido, leer Torá y especialmente poder leer un rezo del sábado en la mañana que ¡me hace sentir pequeñita de lo rápido que va! Pero por más que lo intentaba simplemente parecía no poder mejorar.

Se me presentó entonces, casi dos años después, una oportunidad: me ofrecieron leer una aliá, una de las siete partes de la porción de la Torá que se lee cada sábado. Me dio dolor de estómago de los nervios, y es que conocía mis limitaciones y no sabía si la persona que me confió esta tarea las conocía también, pero acepté. La Torá se lee (en hebreo) cantada y para poder hacerlo, ciertas marcas indican qué melodía debes utilizar mientras lees. Un sistema bastante complicado, considerando que además de las marcas de melodía hay también marcas de vocales y tienes que leer de derecha a izquierda mirando arriba y abajo de las letras para poder producir el sonido correspondiente. No, no soy tan inteligente, tuve que estudiar con una pista de audio mientras leía para, virtualmente, aprendérmela, pues lo único que era capaz de leer y no con mucha velocidad eran las letras y, con un poco menos de pericia, las vocales.

Image

Aquí el ejemplo de una de esas marcas y su respectiva melodía. En la imagen las marcas están agrandadas, pero generalmente son igual de pequeñas que las otras, que son vocales. En la Torá no hay ninguna de las dos marcas, debes saberlas antes de leer.

Llegada la primera vez, a pesar de los nervios, leí sin problemas ni equivocaciones. Y entonces, sin que lo planeara, empezó mi anhelada travesía en el mundo de la lectura de la Torá. Semana tras semana una nueva aliá me era asignada; algunas veces leí a la perfeccion, otras perfectamente terrible. Me bajé de la bimá triunfante, otras veces apenada, otras contenta y otras ligeramente enojada, pero siempre con la misma máxima: la siguiente semana lo haré aún mejor (o simplemente “mejor”, dependiendo del nivel de desastre). Y aunque inicialmente una buena parte de mi presentación era memorística, poco a poco noté que mi lectura del hebreo era un poco más fluida, que ya reconocía algunas palabras incluso sin las marcas de las vocales y que hasta identificaba algunas de las marcas para las melodías. Después de todo, practicaba seis días a la semana casi sin darme cuenta; es mucho más fácil practicar algo cuando en realidad resulta segundo producto de aprenderse otra cosa. Además, aprendí a dejar fluir mi pánico escénico al entregarme y disfrutar por completo ese sonido saliendo de mi boca: esos cánticos que mi gente ha ido cantando siglo tras siglo por tanto tiempo. Dejé de apurar las notas por falta de concentración en el contenido al estar tan preocupada por la forma, y me concentré en afinar cada nota, cada tiempo. Me dediqué a disfrutarlo y los temores que bloqueaban mi lectura y patrocinaban los desastres desaparecieron (menos el dolorcito de estómago antes de mi turno, pero digamos que eso es normal).

Aún no puedo leer en su totalidad aquel rezo de nivel extra profesional de los sábados, aún cancaneo, me equivoco y demoro al leer un texto por vez primera, pero si algo aprendí durante este inicio de mi largo viaje como pseudo cantora (espero retirar el pseudo n un futuro cercano) es que la perseverancia y la paciencia son clichés por buen motivo. Vivimos en tiempos rápidos, con información inmediata, comida inmediata, objetos inmediatos, y esperamos también aprendizaje inmediato. El aprendizaje inmediato no existe, aprender es un arte. El trabajo y el tiempo son los mejores amigos del desarrollo y muchas veces debemos, simplemente, dejar de preocuparnos por el cómo y concentrarnos en el qué y dejar que los clichés hagan lo suyo. Así, cuando menos lo espere, estaré por fin leyendo ese retador rezo tan rápido como estoy leyendo estas líneas, que aprendí a leer hace veintiún años.

Image

La Torá