Libélulas

Como libélulas atraviesa tu aliento mis cabellos, su aleteo susurrando palabras ininteligibles a mi oído. Tus ojos en los míos, me besa tu mirada, y mis cabellos envuelven tu rostro, elevado cada uno por las sutiles libélulas de tu aliento cálido.

Y entonces me pregunto, mientras mis manos se aferran a tus contornos de luz, si ese beso silencioso sale sólo de tu boca, o si hay dentro de él verdaderas estelas de pertenencia que llegan como enredaderas a mi corazón confundido; si esa sinapsis física momentánea traspasa los límites terrenales y se eleva a nuestra primavera en el Edén, llevándonos más cerca del paraíso prometido; si con ese gesto, a menudo banalizado, tu espíritu juega con el mío como niños inocentes y se complementan en un cerrojo secreto, liberando la energía de la creación, haciendo de los dos más que la suma de nosotros mismos y elevándonos por encima de lo meramente carnal y vacío.

O tal vez esto no es más que sólo un beso de tu boca, un elixir de placer entre los labios y la lengua. Un intercambio de pasión contenida y sin dirección alguna que te acompañará unas horas y luego se extinguirá al aire junto a las libélulas de tu aliento; libélulas que tal vez, luego de un largo viaje, lleguen nuevamente hasta mí, haciéndome recordar de repente y en el momento menos esperado aquel dulce beso de tus labios.

Lluvia

Con tersas manos grises venda mis ojos,

matizando el mundo con tonos opacos.

A todos llega, sin importar circunstancias:

ricos o pobres, gordos o flacos.

Sus velos me acarician y se pegan en mi ropa.

Su aliento en mi rostro siembra una sonrisa.

Unos corren y se esconden, otros de ella se alejan deprisa.

Alimenta y finiquita, todo al mismo tiempo,

por su mano o la de otro.

Llena los rincones y los jarrones rotos,

y alonga mi cabello hasta mis talones.

Su tinte de magia mancha mi pergamino bicolor,

con tonos polarizados de base gris intenso.

Encharca y ahoga el dolor que por dentro corre denso.

Su canto a la noche arrulla y al día hace soñar.

Su sombra las hojas tiñe, y ellas a mis pies,

cuando las toco al caminar.

Si lloro, o no, nunca me entero;

Mis lágrimas se mezclan con sus tibias gotas.

Si lloro o me río igual me basta.

Ella consuela mis ilusiones rotas…