La felicida-a-a-a-ad

La felicidad tiene dos dimensiones: una estructural y otra superficial (como un envoltorio).

La felicidad superficial es mayormente efímera. Surge de un evento en específico que nos trae gran satisfacción y alegría. Nos “envuelve” como una capa de parafina que poco a poco se va cayendo.
La felicidad estructural es aquella que surge como resultado de la armonía entre las piezas que nos integran (presente, opciones futuras, situación social y emocional, metas, aspiraciones, logros) y es estable en nuestro interior a pesar de los eventos diarios. Es esa felicidad la que nos ayuda a mantener la calma frente a las adversidades, a tener actitudes positivas y optimismo, y a no perder la esperanza.
Y tú, ¿eres realmente feliz?

Entre hormigas y ronquidos

A ver, a ver. Las neuronas alborotadas por Tarzán y un chifón de naranja, además de los rompehígados de las hormigas tropicales.

Aprendí a tejer en el Cusco, pero sólo tengo lana rosada (regalo de mi prima y maestra) y no recuerdo cómo comenzar una nueva línea de tejido, así que creo que haré una bufanda de 1mm de diámetro y 10 metros de largo. A las hormigas podría gustarle.

Pasé la madrugada del viernes en el hospital con un virus andino que pasó sin visa y aún tengo sueño, pero ahora mismo sólo puedo pensar en la vida en la selva (sin hormigas) y en el ser humano libre de privaciones y disimulos de su propia humanidad. Todo gracias a Disney.

También pienso en la producción creativa que he tenido por tanto tiempo pasmada y me pregunto si la energía congelada del Ecuador, puesto que estamos entre los polos norte y sur, tendrá algo que ver. Tal vez, simplemente, este país me deprime. Ojalá tuviera realmente alma de artista y pudiera usar mi depresión para crear obras magníficas sin suicidarme, pero lastimosamente sólo tiendo parar la producción. Mis neuronas tienen sindicato y saben bien cuándo deben armar huelga.

Mi esposo, a mi lado y dormido ya, se ha acomodado en una posición extraña y está roncando más fuerte que Tarzán. Basta un gentil toque y un “mi amor, estás roncando” para solucionarlo, pero por algún motivo el rítmico gruñido parece acompañar el sonido de los engranajes de mi cabeza, funcionando después de tanto tiempo.

Creo que voy a resucitar mi blog, después de unos dos años. Tengo uno de cocina que no he podido actualizar en largo rato a causa de la boda (realmente, quién espera que esté cocinando si tenía una boda enorme por organizar) y la luna de miel, y ya iré retomando, pero hay cosas, como ésta, que no caben en un blog de cocina. Además, algunas veces uno sólo quiere expresar sus enmarañados pensamientos en la dulce y simple complejidad del castellano escrito.

Esta nota inició en el muro de Alba de Obaldía, te iba a contar un par de cosas, pero tal vez tus escritos acerca de brujas y cocalecas despertaron mi oxidado hemisferio letrado.
Con esto, me despido.

Reflexión gatuna

Ayer fui a ver Cats, el musical de Broadway, y como siempre cuando se trata de musicales, quedé encantada.

Pero no vengo a hacer un review, sino una pequeña reflexión que hice en tanto miraba a esta gente maquillada y disfrazada bailar y cantar. Y es que me pareció tan curiosa la necesidad del ser humano de ser creativo y demostrar sus talentos… Pero eso no es lo más curioso. Lo increíble es la necesidad de los otros seres humanos de presenciar estos talentos y esta creatividad. Toda esta gente se reúne para ver cantar y bailar a otra gente. Y de repente, si veo todo con otros ojos y me hago ajena a la raza humana, me parece hasta conmovedor este acto de que unos individuos entretengan a otros haciendo gala de sus talentos, realizando sus sueños los primeros y llenándose de sueños los segundos.

Realmente que nuestra especie es fascinante.

La búsqueda de uno mismo

Hay un viejo dicho que dice algo así como que podremos llegar a conocer bien a otros, pero nunca a nosotros mismos (tengo mala memoria para los chistes y los dichos). Pasamos la mayor parte de nuestra vida en una incansable búsqueda, que parece darse por terminada muchas veces, sólo para descubrir luego que aún no habíamos dado con el tesoro.

Estoy hablando de la búsqueda de nosotros mismos. Aquella búsqueda que inquieta a las mentes más curiosas y sobretodo a aquellos individuos complejos y fascinantes, que no llegaron al mundo para ser sólo “alguien más”. Es esa búsqueda la que genera tantas crisis a través de nuestra corta existencia: la crisis del “no” en la primera infancia; la crisis rebelde de la adolescencia; la crisis de la adultez joven y la decisión de quién ser, con quién y qué vida llevar; la crisis de la mediana edad y el envejecimiento digno; y finalmente la crisis de qué huellas dejé cuando estoy a punto de irme.

No importa qué edad tengamos, no importa qué nivel de satisfacción personal logremos, siempre estamos en una constante búsqueda de nosotros mismos. Y es que el Yo es una entidad cambiante, a diferencia del espíritu, que es atemporal. Querer encontrarlo es como querer encontrar al viento, aprisionar algo que está en constante movimiento. Somos seres dinámicos, y cada pequeña experiencia que tengamos nos enriquece, nos enseña algo nuevo; literalmente, vivir nos vuelve más sabios. Y como el aprendizaje no sólo se remite a cambios virtuales en nuestro pensamiento sino que éstos son resultado de cambios fisiológicos en la estructura y química de nuestro cerebro, es absolutamente imposible volver a ser exactamente los mismos luego de haber aprendido algo nuevo. Y como aprendemos algo nuevo con cada cosa que hacemos, somos personas nuevas a cada instante y, nuevamente, es imposible encapsular el viento.

Es importante entender esto, pues muchas veces por estar ocupados buscándonos no nos damos cuenta de que estamos ahí mismo, bajo nuestras narices, y que el verdadero tesoro de aquella búsqueda es saber reconocernos a cada instante y estar conscientes de que cada palabra, cada acto, nos lleva a planos ulteriores que sabremos reconocer en el momento en que los alcancemos. Y es que el tiempo pasa y el presente, que es lo único que realmente tenemos, se nos va de las manos, y finalmente en aquella última gran crisis en que miramos atrás y buscamos qué hemos dejado, puede que encontremos sólo huecos y huecos en la tierra, que son lo único que queda de nuestro vano intento de encontrar el santo grial de nuestra identidad.

El derecho a morir

La eutanasia ha sido y es aún un tema de acalorado debate: por un lado están los que la defienden, diciendo que todos tenemos derecho a “morir dignamente”; y por otro lado están los que la reniegan, sosteniendo que no es papel del hombre decidir nuestra propia muerte y que ésto no es más que una extremísima manifestación del individualismo contemporáneo: “mi vida es mía y hago con ella lo que yo quiera”.

La palabra “eutanasia”, etimológicamente, deriva del griego “eu” que significa bien, y “Thánatos” que se refiere a muerte. En pocas palabras, la palabra eutanasia se refiere a bien morir, o buena muerte esencialmente. Actualmente existen muchos tipos de eutanasia, por ejemplo la aplicada a niños recién nacidos con graves problemas de salud o incluso nonatos que vienen con complicaciones, pero aquí vamos a dedicarnos a la básica: el derecho o no de evitar sufrimientos insoportables o prolongar artificialmente la vida de un enfermo terminal o de una enfermedad incurable. Por supuesto, debemos dejar en claro que este “homicidio asistido” como le llaman, se da con pleno consentimiento e incluso por solicitud del paciente, y que la condición terminal o definitivamente incurable es en absoluto necesaria para la consideración de la eutanasia.

Es entendible la severidad de la negativa en contra de la eutanasia, no sólo por los temas morales o religiosos, sino por su historia. La eutanasia fue incluso ofrecida durante el régimen nazi como una forma de propaganda engañosa para eliminar minusválidos y débiles (y su intento de mejorar la raza humana tiene un término propio: eugenesia). Pero volviendo a la religión y la moral, hay una pequeña falla. Se habla de que no tenemos derecho de decidir sobre la vida de una persona, mas hacemos cualquier cantidad de increíbles procedimientos médicos para salvársela en caso de enfermedad o accidente. Salvar una vida es evitar una muerte. Y evitar una muerte es meterse con el destino. Usamos métodos anticonceptivos evitando nuevas vidas, y evitar la creación de un nuevo ser humano es meterse con el destino. Y así jugamos todos los días entre la vida y la muerte, malabareando en nuestras propias manos asuntos que en teoría sólo deberían ser sólo cosas de los dioses.

Aún así, me parece sumamente delicado el tema de acabar con una vida. Por más científica que pueda intentar ser al respecto, siento un corrientazo de mala vibra recorrer mi cuerpo al pensar en quitarle la vida a alguien o a mí misma, así sea con buenas intenciones o incluso por una petición desesperada. Un peso kármico, un desgarrón en el vestido blanco del alma. Pero por otro lado estoy plenamente consciente de las limitaciones de la medicina humana y de la innecesidad de prolongar el sufrimiento de lo inevitable, y entonces me preguntó: ¿cómo defender el concepto de la eutanasia si no estoy de acuerdo con el mecanismo?

Tal vez el punto de conflicto que hace imposible de solucionar este dilema humano no es más que la propia humanidad. La humanidad que llora por el dolor del prójimo pero que sigue reglas intangibles que mantienen su compostura interna. Hoy escribo decidida a expresar mi absoluto apoyo o rechazo a la eutanasia, y finalmente me encuentro en la misma encrucijada en la que se encuentra el resto de la gente. Tal vez pueda decir que sí, la apoyo, pues los hermosos conceptos de acabar con el dolor de alguien y de respetar su vida y lo que ese alguien decida hacer con ella me seducen, pero me lavo las manos y que alguien más lo lleve a cabo. Y francamente sostener una postura que yo misma no tomaría me parece algo cobarde. Así que debo concluir que, uniéndome al vulgo de la indiferencia –aunque indiferencia forzada, no desinteresada– debo decir finalmente que no me encuentro ni a favor ni en contra, y francamente espero no tener que decidirlo sin remedio en algún momento de mi vida.